Desde que te conozco que estamos buscando lo mismo. Las
mismas palabras, el mismo calor, los mismos abrazos, las mismas alegrías.
Lloramos tantas veces por no tener nada y, casualmente, cuando lo tenemos todo,
lloramos peor.
No queremos ser felices. Nuestras mentes nos corrompen todo
el puto tiempo. Es como un ping pong de mierda, las veinticuatro horas del día.
No podemos escapar de nosotros mismos, y el autoboicot se hace inconmensurable.
Falseamos sonrisas y se quiebran nuestras voces. Todas las
penas que tenemos adentro empiezan a dar vuelta, como si todo no nos hubiese
costado tanto ya. Como si la mochila no pesara suficiente, como si cuando
podemos ser felices se llenen bolsos de arena en nuestros hombros. Nunca basta,
nunca nos pueden querer, porque nunca nos quisieron, nunca de la forma que todo
el mundo dice que te tienen que querer, y es más el daño que el amor, fueron
más serios los golpes que las caricias.
“No podemos estar mal 5 días de 7”, pero sí, se puede. Se
puede vivir disconforme. Se puede tener desesperanza, podemos ser lo peor de lo
peor. Podemos vivir escuchando Deftones , escribiendo poemas y canciones
tristes que hablen del desamor. Podemos, porque nunca pudimos hacer otra cosa
que autodestruirnos. Podemos vivir fumados, pasar noches mirando películas
horribles tomando fernet y colgando en el techo de tu casa. Pero nunca vamos a
ser felices. Nunca.
Autodestructivamente autodestructivos. Frustraciones
enviciantes.
“Ojalá sea como vos”, y sin embargo, no es suficiente.
Las voces son ajenas, no nos importan. Nos importan las voces que nos atosigan
adentro nuestro. Nuestros sueños, nuestras pesadillas, nuestros
no-fracasos-todavía. Ese aire que nos falta cuando sentimos que no nos aman,
esa angustia de saber que no somos lo mejor para la otra persona, y que la otra
persona es mucho, aunque sabemos que no es verdad. Nos mentimos para sufrir,
nos odiamos. Y seguimos igual, porque cuando el pico es alto, la felicidad -efímera-
es enorme. Pero eso… es vapor, la inhalamos.
Vivimos días con eso. Sedientos de amor, nos autoalimentamos
de los restos que nos dejan cuando ya no hay nada. Contamos las horas, los
días, los meses para ver cuánto llevamos de infelicidad feliz. Aunque el reloj
nos corre, nosotros dormimos en las profundidades de lo consciente, buscando
algo más que nos haga un toque más miserables. Nos encanta.
Buscamos paz mental, como Clementine. Enloquecemos en un
vaso de ácido, porque esto no es agua, es algo mucho más doloroso. Regalamos amor en cambio de compasión. No hay
muertes, pero sí huidas, procesos, enfermedades, y nada nos salva de ese calvario.
Nadie nos salva de nuestra muerte en vida.
El camino es largo, demasiado largo a veces.